En la comunidad de Alcozacán, municipio de Chilapa de álvarez, estado de Guerrero, los niños tomaron las armas para proteger a los habitantes de la violencia que inunda la entidad.
Armados, uniformados con una camiseta de la Policía Comunitaria, con el rostro cubierto y un miedo que se refleja en su mirada, los menores se encargan de la seguridad en su pueblo, junto con los adultos.
Ahora sí, aunque no de la forma en que hubieran deseado, estos menores se han hecho famosos en su país y quizá el mundo. Tienen entre 8 y 14 años de edad y fueron expuestos ante las cámaras televisivas la semana pasada, presentados como parte de la Policía Comunitaria.
AZOTADOS POR LA VIOLENCIA
Para combatir a grupos violentos que azotan a su comunidad y a otras de la región, la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias-Pueblos Fundadores (CRAC-PF) reclutó y entrenó a los menores para que ayuden en labores de seguridad.
Poco antes de eso, un grupo armado acabó con la vida de diez músicos indígenas en esa misma región.
"Se prepara a estos niños para que, por lo menos, puedan defender a su mamá o a sus hermanitas (de un posible ataque)", dijo a la agencia de noticias EFE el fundador de la Policía Comunitaria de la región montaña baja, Bernardino Sánchez.
Asegura que no ha quedado de otra más que enlistar a los menores, pues las autoridades de gobierno no hacen su trabajo.
CON MIEDO, PERO ALGO SEGUROS
Jaime es un niño de 13 años que hace tres meses comenzó los entrenamientos junto con sus hermanos, pretende proteger su territorio y a pesar de su corta edad, se expresa con cierta madurez al valorar su vida.
"Me siento algo seguro, sí siento un poco de miedo porque el cargar un arma es una responsabilidad grande", dijo a EFE.
Recordó que esta actividad es una de las maneras más comunes en su localidad de poner su vida en riesgo.
En el mismo caso está Alexander, un chico que en comparación de Jaime, "ya se armó de valor" y lo único que le importa es proteger su pueblo. En ambos casos nadie obligó a los menores a ser parte de la Policía, ellos decidieron enlistarse.
"Platiqué con mis papás, porque no querían y ya después se animaron, dijeron que sí y ya comencé a entrenar; yo con esta, y señala su arma, me puedo defender de cualquier peligro que haya", dice convencido.
Estos niños tenían como sueño en común llegar a ser maestros, pero la violenta realidad de la región que habitan los alcanzó y ahora para ellos lo único que les queda es dedicarse a trabajar el campo y ser integrantes de la CRAC-PF.
"Prefiero traer un arma para que me pueda yo defender porque con el cuaderno no se puede, solo sirve para escribir", dijo con voz firme Alexander.
NO QUEDA DE OTRA: PADRES
Aunque la costumbre es transmitir el oficio de generación en generación, los padre de los niños policías no querían esto para sus pequeños.
"Están ahí porque no nos queda de otra, nosotros les damos consejos para que sepan distinguir a la delincuencia; ellos ven que cualquier hombre portar un arma y piensan que son iguales pero para nosotros no", dijo Antonio Toribio, papá de dos integrantes, de 9 y 12 años, respectivamente.
Según explicaron a EFE, el reclutamiento consta de tres fases: En la primera se les adiestra con armas de madera; a los más pequeños su instrumento de trabajo llega a ser de su misma altura.
La segunda etapa es el patrullaje por el pueblo, vigilar cada una de las calles para salvaguardar la integridad de sus familias. La tercera y última fase es convertirse en policía comunitario de la CRAC-PF.
A pesar de que el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) expresó su rechazo al reclutamiento de niños y adolescentes por parte de grupos u organizaciones armadas, los comunitarios consideran que esto es una especie de aprendizaje para los niños, que les permite prepararse.
"Esto es para que cuando sean grandes no sean delincuentes sino que sepan para qué sirven las armas y sepan respetar al prójimo, a sus compañeros, porque se les enseña que las armas no son para amenazar, no es para intimidar, son para respetar la vida", añadió uno de los papás.