Esta semana me tocó contestar una llamada de emergencia. En cuanto colgué, tomé algo de agua, un plátano, mi mariconera y encendí el auto, que afortunadamente estuvo de mi lado y no la hizo de emoción. Más tarde llegaría su turno.

Mientras transitaba por calles sin pavimentar, y esperaba adelantar vehículos más pesados, me intenté tranquilizar pensando en los peores escenarios. ¿Realmente va a servir de algo que comience a pitar a diestra y siniestra? ¿Se puede paliar lo inevitable? Mis padres están grandes, por algo ya son abuelos.

Cuando me registré en la casilla de visitantes e ingresé al residencial pude suspirar y así preparar para lo que seguía. Apenas comenzaba la jornada, digamos que lo anterior había sido sólo el prólogo y nada se sabía del desenlace de la historia.

Una vez llegados a la clínica, y en lo que atendían a mi progenitor, pude conversar con su hermana, es decir, mi tía Diana, para dejarnos de ambigüedades. Qué tema abordar para dejar al tiempo pasar mientras nuestras mentes se ocupan. Pues cuál otro Ricardo, la identidad. Ese que decidí evitar mencionar a partir de este año y por tanto en cualquier ocasión se termina por colar.

Quién soy, qué somos. ¿Acaso alguien lo sabe? Qué es lo que le da valor a una persona y cómo distinguirlo. Por qué valoramos ciertas cosas y otras las dejamos pasar en pos de la consecución de una meta más grande. Aspira y acertarás. Los privilegios os harán libres.

La contemplación

Visitar un hospital sin estar enfermo permite apreciar lo maravilloso de no estarlo. Pero siempre hay que checarse, uno nunca sabe. Más que preocuparnos por los terrenos, ojalá conociéramos mejor nuestra herencia genética, aunque quizá eso es mucho pedir en estos momentos. No queda de otra más que estar atentos.

El personal médico tenía buen talante, lo cual es muy importante, pero al final, todos formamos parte. Los que se quedan fuera son muchas veces los primeros en alterar lo que debe mantenerse imperturbable. No digo que deban ser informados de todo, pero al menos atendidos. He llegado a pensar que una opción sería poner a jóvenes o a los expertos del entretenimiento en esos menesteres.

Recordemos el placer que da cuando (al menos por unos instantes) nos entregamos a las manos expertas de otros en el proceso de que guíen nuestra humanidad. Pasar no a ser copilotos o pasajeros sino una simple carga que se acomoda sabiendo hacer espacio a más dentro de la bodega de la nave nodriza.

Retirarse del pensamiento, desapegarse de la realidad al comprender que todo muta y reverbera en ella. Esto último viene a mí porque probé los baños de Gong y me parecieron geniales. Lo inevitable es magnífico, compruebo sin asombro ni amargura excepcional.

Mi papi está bien, por ahora, gracias por preguntar.

Toca ahora explorar alternativas. Dilucidar nuevos territorios. O también hacer absolutamente nada. Que otros se encarguen por ti. Al final, no te queda de otra más que pasarla bien. Elegir entre una y otra y otra opción, para luego vivir con las decisiones que tomamos.

Y, ya en el ajo, comprender solamente cuanto te concierne. Un día llegas y te enteras que se habían llevado a una buena compañera, ¿dónde estará la rosa? Por lo pronto a hacer las cosas de otra manera y tan felices como siempre. La razón es sólo una sombra del mundo, pero a uno le gusta seguirlas. Resultan seductoras. Hay quien pasa la vida entera buscándola, y hasta que la encuentra. Como la horma del zapato.