En los últimos tiempos, ha crecido en internet una subcultura que es conocida como manósfera, la cual sostiene que los hombres, en la situación actual del mundo, han sufrido un desplazamiento injusto, y propone estrategias para que éstos recuperen cierto lugar de preponderancia en la sociedad. Mantener inalterable el statu quo, las reglas escritas y no del patriarcado para, en resumen, oponerse a la decadencia que supone ceder ante las luchas feministas.

Si bien no soy un practicante de la no oposición, desde que leí El complot mongol hace ya muchos ayeres, me considero a mí mismo como un pacifista. Mi intención dista mucho de la confrontación, lo que más me interesa de este tema (y muchos otros) es tener un atisbo de su comprensión. ¿Por qué surge y qué provoca que algunos de mis congéneres, incluso amigos, tengan tan distorsionada visión del mundo?

“Todos se preguntan cómo se sentiría la esposa, pero por qué no se preguntan lo que yo siento de no saber si es mi hijo”, me decía Hector hace unas semanas atrás. ¿Por qué alguien pegaría en su auto la frase #TodasMienten?

En la búsqueda de respuestas, la semana pasada, cansado de la mera contemplación y entregado una vez más a la pasión autodestructiva de la reflexión, vi un par de materiales audiovisuales (una entrevista y un documental), que ampliaron mi enfoque. Después de ellos, ahora creo tener más claro el asunto.

Muchos de los creadores de contenido que promueven esta ideología, por nombrarle de algún modo, hablan de salir de la Matrix, lo cual me hace pensar en lo fascinante de las teorías conspirativas. El disfrute de la solución a partir de una comprensión si bien no del todo, sí de lo prohibido, que es lo más interesante. Ser poseedores de la llave para conocer lo que se oculta detrás del letrero de

Personal autorizado

Una sensación única y efímera, que en cuanto acaba, la vida muy pronto se encarga de recordar la banalidad de las circunstancias en que nos encontramos. Detrás siempre hay una razón, pero ésta no siempre surge producto de la lógica o el raciocinio. Una vez instruidos por cuanto video o foro les ponga en frente su algoritmo, brillantemente extraviados en su insensatez, campean por doquier compartiendo su conocimiento recién adquirido, sin el más mínimo deseo de contrastarlo. Insolicitadamente externan cuanto les fuese revelado en esos aparatos que de tan avanzados nos vuelven menos… resilientes.

Pero bueno, la oposición es necesaria, sino pierde sentido el ejercicio.

No rendirse jamás; ni pensar en huir, a pesar del amargo sabor del desengaño en el paladar. Es momento de la toma de conciencia y lo más natural es querer ser orientado. Una puerta se abre y ya nunca más se cierra. Aquel que tiene una brújula y lo tiene todo claro tiende a perder el encanto por la vida.

Como cuando encienden las luces en la sala de cine o se acaba el libro. Baja uno de las nubes y pone los pies en el suelo, cuando pareciera lo mejor ponerlos en polvorosa. De qué sirve permanecer así, desangelado, carente de esperanza.

La alegría como el motor de vida. Puede ser limitarse a lo tangible, lo realmente existente. El entendido, o el resignado. Constatar la realidad de cómo eran las cosas. La utilidad de rebelarse ante lo intolerable. Caduca la esperanza y arranca entonces la determinación del desesperado.

Lo inesperado, asombroso, extraordinario, es inatajable, como un penal cobrado por Raúl. La inmadurez puede lidiar mejor con ello. Mostrar la realidad de una existencia excepcional.

Patio limpio, casa ordenada

Todo ser vivo lleva inherente, desde el momento de su nacimiento, su propia destrucción, a través de la putrefacción. Y llega la rendición, porque, lo sabemos, todo decae, es natural e inevitable entregarse a la conspiración de los detalles.

En el tráfico indiferente e incontenible entre las cosas, no sé si pronto vuelva a ver un documental de Louis Theroux, pero sí estoy seguro de que leeré algo más del buen László y me abordarán más pasiones irrefrenables, pero por lo pronto ahora mismo esta columna es consumida por la última palabra.