A veces me recrimino por el hecho de que en mi adolescencia, vivida en una ciudad cercana al mar, nunca haya tenido fotos de mis ídolos pegadas en mi habitación. Alguna vez me enteré de que las paredes desprovistas de adornos vendrían a ser como un lienzo en blanco, presto para cualquier arranque creativo, y esto me marcó tanto como para que nunca me animara a soltar algún trazo en ellas.

Tuve ideas sí, múltiples, quizá excesivas, pero todas se quedaron en mi cabeza, agolpadas. “Piensa antes de hablar”, recomiendan, pero tampoco exageres manito.

Día a día me invadía la noción de que había algo en mí que me hacía distinto a los demás y que yo sí que tenía cosas verdaderamente más importantes qué hacer, metas, más que sueños, qué realizar.

Como descubrir nuevas bandas.

Era un ejercicio que me era imperioso, no dormir sin haberle prestado oreja a algo que me pareciera fascinante. Mientras Sofía y compañía hablaban de tal chica de ojos azules que vieron en Basic o The City el fin de semana, yo me la pasaba cavilando en torno a Razorlight, The Rumble Strips o Elefant. Era como si viviera en una cierta Era del Hielo moderna en la que lo único que importaba era lo que pasaba con los changos del ártico y grupos de la misma estirpe.

Para bien o para mal, estoy seguro que esa manía me impidió vivir muchas de las experiencias que le tocan a alguien en la prepa, pero no podía ser de otro modo. Todas mis inseguridades se sumaban una a una cuando pensaba en hablar con alguien que me agradara de algo que realmente me gustara. En la compu todo era más fácil, detrás de una pantalla, en un soliloquio eterno. A esta edad puedo ver a ese niño que tenía menos de la mitad de años que ahora tengo y le puedo decir: Lo siento, nunca quise lastimarte.

Esta reflexión vino a mí después de escuchar cierto pódcast con uno de los miembros de Good Shoes, una de las bandas que más disfruté en aquellos tiempos mozos. Provenientes del distrito de Morden, en el sur de Londres, fueron para muchos, la más grande promesa que nunca terminó por explotar y volverse masiva. Y está bien así.

Por lo pronto voy retomando el hábito y dos hallazgos magníficos en esta semana me tienen más que contento, espero seguir así.

Después de escuchar al bajista original por más de dos horas, caí en cuenta de muchísimas cosas, pude atar cabos y reconocer que el caos es la forma más pura de orden que puede haber. Por años me cuestioné qué habría sido de ellos, y llegué a encontrar una explicación en el título de su segundo álbum: No Hope, No Future.

Ahora sé que a pesar de todo, viven bien, y con eso me quedo: “Everything’s Ok, everything’s alright”.