El eterno debate: ¿debemos separar al artista de la obra? ¿o la obra está condicionada por quién es el artista?

Yo soy de la idea de que para preguntas así de filosóficas no hay respuestas simples. También creo que no hay que pedirle peras al olmo. Hay que tomar las cosas de quien vienen y ponerlas en su justa dimensión. Uno de los vicios de nuestra época es prestar demasiada atención a los pormenores de la vida de los famosos.

Ídolos sobredimensionados

¿Qué significa poner las cosas en su justa dimensión? Muy seguido las personas, necesitadas por creer en algo y tener un referente, toman frases o acciones de algún artista o futbolista y lo colocan en un lugar desproporcionalmente elevado. Tal vez el mejor ejemplo de esto es el Diego. Maradona fue un gran jugador de futbol, posiblemente el más grande de todos los tiempos. Hizo campeón al Napoli, con la albiceleste en el Mundial de 1990 representó con orgullo al sur de Italia frente al norte racista, y en México 86 humilló a los ingleses y a la Thatcher. Se pronunció contra el imperialismo yanqui, a favor de los palestinos y de regímenes de izquierda latinoamericana. Se retiró jugando en Argentina y dejó un legado a nivel mundial tal vez sólo comparable con el de Muhammad Ali. La gente lo quiere (o lo odia) por eso, porque tenía ideales. No por futbolista.

Maradona: mito, contradicciones y contexto

Sin embargo, lo que suele olvidársele a la gente es que el Diego era sólo un deportista. No era un analista político, no era el líder de ninguna organización revolucionaria, no era un teórico ni un conferencista. Era un futbolista. Un simple ser humano con contradicciones y una gran boca. La gente de pronto comenzó a prestar atención en cada detalle de lo que él hacía. Los medios amarillistas, a su favor o en su contra, usaron lo que decía y hacía descontextualizadamente y generaban polémica barata consumida irreflexivamente por las masas. Y fue así que un chabón de Villa Fiorito se convirtió, muy a su pesar, en una figura popular con un significado más allá de él mismo.

Hace una semana Lionel Messi visitó a Donald Trump junto con su equipo. A diferencia del Diego, Messi es de carácter dócil, siempre entre algodones. Es un error pedirle a Messi que tenga una congruencia política impecable, cuando sólo es un multimillonario que lo único que sabe hacer es jugar al futbol y producir dinero con su imagen. Sin embargo, hay que hacerse responsables. Una cosa es ser un joven de 20 años que no sabe lo que hace y otra muy distinta es ser un casi cuarentón consolidado saliendo en fotos con Donald Trump en el momento en que su administración comete crímenes de guerra en Irán.

Un par de semanas antes, las medallistas de oro olímpico del hockey femenil rechazaron reunirse con el presidente Trump. Si Messi a sus 38 años no es capaz de decidir qué quiere hacer y en qué cree ¿De qué le sirve ser Messi? ¿De verdad el ídolo de las masas es un niño multimillonario que sólo sabe jugar al futbol?