En Cancún estuvimos a punto de cruzar una línea muy peligrosa. Y no hablo solamente del pleito entre un ciudadano cubano y un mexicano por la mordida de un perro. Hablo de algo mucho más delicado: el momento en que una multitud decidió que podía convertirse en juez, jurado y verdugo. Ahí es donde comenzó el problema.

Sí, el video indignó. Claro que molestó ver la actitud agresiva del extranjero. La reacción violenta contra un ciudadano que solamente pedía comprobar las vacunas del perro despertó enojo, coraje y rechazo. Cualquier persona común entiende la molestia. Pero una cosa es exigir justicia y otra completamente distinta es querer incendiar una casa con personas adentro.

Y eso fue exactamente lo que estuvo a punto de ocurrir en la Supermanzana 23 de Cancún.

El peligro de las narrativas en redes sociales y la barbarie

En redes sociales comenzó a crecer una narrativa tremendamente irresponsable. Se empezó a repetir que las autoridades “protegían al cubano por ser cubano”, como si el operativo desplegado por la Policía Municipal de Benito Juárez y la Secretaría de Seguridad Ciudadana de Quintana Roo hubiera sido un acto de favoritismo extranjero. Nada más equivocado, simplista y peligroso.

Lo que protegieron fue la vida humana. Lo que evitaron fue una tragedia monstruosa.

Cuando una turba llega con piedras, amenazas, motocicletas y hasta gasolina para incendiar una vivienda, ya no estamos hablando de indignación social. 

Estamos hablando de barbarie. De un linchamiento en potencia. De una escena salvaje que pudo terminar con muertos, heridos o familias completas atrapadas en el fuego de la rabia colectiva.

Hay que reconocer algo que muchas veces se minimiza: la rápida intervención de la Policía Municipal de Benito Juárez y de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de Quintana Roo evitó que Cancún apareciera nuevamente en los titulares nacionales por una desgracia irreversible.

No era sencillo controlar a decenas de personas alteradas, alimentadas por el coraje de las redes sociales y por ese impulso peligrosísimo de “hacer justicia” por cuenta propia. Se necesitó firmeza, sangre fría y coordinación institucional para contener la situación antes de que explotara.

El fantasma del caso ruso y la lección aprendida en Quintana Roo

Porque además existe un antecedente que todavía pesa en la memoria colectiva de Quintana Roo: el caso del extranjero ruso golpeado brutalmente por una multitud hace algunos años. 

Aquellas imágenes vergonzosas recorrieron el país entero y dejaron una herida profunda sobre la facilidad con la que la violencia puede salirse de control cuando la autoridad llega tarde o simplemente desaparece.

Por eso esta vez las corporaciones actuaron. Y actuaron bien.

Muchos parecen olvidar algo elemental: en México las leyes no funcionan a gritos ni a pedradas. Si un extranjero comete una agresión, debe responder ante las autoridades correspondientes. Si incurrió en un delito, debe enfrentar consecuencias legales. Pero ninguna sociedad civilizada puede permitir que una multitud decida quién vive y quién muere dependiendo del enojo del momento.

Eso no es justicia. Eso es retroceso.

Del conflicto vecinal a la xenofobia en un estado turístico

También resulta preocupante escuchar gritos como “fuera cubanos”, porque entonces el problema deja de ser un individuo y comienza a transformarse en xenofobia abierta. 

Quintana Roo es un estado turístico, cosmopolita, construido durante décadas por mexicanos y extranjeros que llegaron aquí para trabajar, invertir o empezar de nuevo. No podemos permitir que el resentimiento colectivo convierta cualquier conflicto en una cacería contra nacionalidades.

La autoridad no defendió a un cubano por ser cubano. Defendió el orden público. Defendió la legalidad. Defendió la estabilidad de una ciudad que vive del turismo y que no puede darse el lujo de normalizar escenas de linchamiento.

A veces la gente cree que la policía solamente cumple su función cuando detiene, golpea o encarcela. Pero no. También cumple su deber cuando evita que la población caiga en el caos. Y eso fue justamente lo que ocurrió en Cancún.

En medio de una noche tensa, explosiva y cargada de odio, las corporaciones de seguridad evitaron que el coraje colectivo terminara convertido en tragedia nacional. Y eso, aunque algunos no quieran reconocerlo, merece ser destacado.