Napoli es conocida como la más latinoamericana de las ciudades europeas. La estación de tren se encuentra en una plaza llamada Piazza Garibaldi, ocupada principalmente por árabes y africanos que venden todo tipo de piratería y artículos de segunda mano. Yo me encontraba ahí durante el fin de semana en el que se disputó la final de la Copa Africana de Naciones entre Senegal y Marruecos en el país magrebí. Luca, un amigo cineasta, me invitó a mirar el juego en un restaurante de comida senegalesa del barrio. Qué mejor lugar.

El lugar tenía un sótano donde un centenar de personas portando banderas y vistiendo la camiseta de su selección alentaban, en una mezcla entre wolof y francés, a su escuadra. La mayoría eran senegaleses, pero también había un par de napolitanos y, sospecho, algún otro del África subsahariana. Como el más vil de los Judas, yo por dentro alentaba a la selección norafricana aunque naturalmente reprimí todas mis emociones. Qué necesidad de ser irrespetuoso.

El segundo tiempo comenzó con buen ritmo, con claro dominio de la escuadra local, después vino una lesión que paró el partido por diez minutos. El trámite se hizo entrecortado, lento, incluso aburrido. El árbitro central no tenía la más mínima idea de cómo darle fluidez y paraba las acciones cobrando faltitas y concediendo ventanas de cambio cada cinco minutos. Esto le convino a Senegal quien durmió el partido y a los espectadores.

De pronto un tiro de esquina. ¡Gol de Senegal! Todos saltaron, gritaron, se abrazaron, agitaron sus banderas, no se veía más la pantalla entre tantos cuerpos eufóricos. Sin embargo, tras unos segundos, no tuve que saber wolof para entender que lo habían anulado. El ambiente se tensó y empeoró tan sólo unos minutos más tarde cuando el VAR, de forma inaudita, marcó una caricia en el área como penal en la última jugada del partido. El aficionado junto a mí pateó una botella, algunos comenzaron a irse indignados, los senegaleses en el estadio se enfrentaban con la policía, incluso yo que apoyaba a Marruecos pensaba en lo burdo e indigno de semejante robo. Todos conocemos la corrupción ligada a los intereses políticos en el futbol, pero los niveles a los que llega en África, favoreciendo a selecciones como Nigeria, o en este caso, el todopoderoso Marruecos, es ridículo. El VAR sólo vino a hacer más evidentes las jerarquías del mercado. Marruecos será sede del Mundial de 2030.

El entrenador senegalés sacó a sus jugadores del terreno de juego. Todos aplaudimos el pequeño acto de rebeldía ante tremendo descaro ¿Hasta cuándo? El resto, ya todos lo vimos. Los marroquíes pagaron caro la soberbia, Brahim Díaz, en uno de los cobros penales más infames de la historia del futbol, dejó ir el campeonato. Después, un golazo en tiempos extra dio el triunfo a Senegal. Se hizo justicia, el futbol venció a la soberbia.