Hace tiempo que tengo en mente preparar un compilado de eventos cruentos, expuestos no en forma de cuentos, sino en una especie de crónica, de las matanzas provocadas por seres miserables, pero que también son (o eran) de carne y hueso como cada uno de nosotros, y de tal modo terminar confeccionando una bonita colección de actos humanos.

Para ello, planeo en un futuro replicar el viaje del Granma y conocer la tierra que vio nacer a la Sonora Matancera para dar cuenta lo que ahí me tope. Sería un buen punto de inicio, ni mejor ni peor que algún otro, la cosa es hacerlo.

Lo que nunca había pensado, era en hacer algo tan magnífico como lo que hizo Han Kang, la autora ganadora del Nobel de Literatura en 2024, en torno al levantamiento del 18 de mayo en Gwangju. En 1980, a raíz de una serie de protestas universitarias en la ciudad donde nació la futura escritora, el gobierno encabezado por Chun Doo-hwan optó por aplastar este llamado a la democracia y, con el beneplácito estadounidense, exterminar a la oposición provocando la muerte de miles de civiles.

A partir de esta experiencia traumática para la historia de cualquier nación, la escritora surcoreana compone un relato para el cual adopta distintas aproximaciones, en un intento por narrar toda esta barbarie.

¿Cuánto tiempo se queda pegada el alma al cuerpo? ¿De qué material estará hecha? Será que salga cual ave escapando de su jaula con el exhalar del último aliento, o quizá sea un proceso más complejo, su descomposición puede que sea en vida y vaya siendo expulsada de cuerpo receptor a través de supuraciones y la emisión de fétidos aromas. Todos hemos conocido a más de un muerto en vida, que con sólo existir, cumple el cometido de prolongar su sufrimiento y el de los que lo rodean.

Cuántas cosas no esconde un rostro. Quiénes son, en realidad, los más débiles: “Estaba dispuesta a dar la vida, pero al mismo tiempo no quería morir”, reflexiona uno de los personajes. “¿Será que él sufrió más que yo? No lo creo, yo también he sufrido más que suficiente”.

Chamba es chamba

Pero: “¿Qué tiene de malo? Nos ordenan que le peguemos a la gente y hasta nos pagan por ello, ¿por qué no hacerlo?”

¿Se puede perdonar alguna vez algo así? Cómo revertir esa lógica. Algunos ni quieren perdonar ni ser perdonados. Qué hacen los vivos con el oprobio que representa conservar la vida después de la muerte de tus conocidos. Cómo preservar todo sentido de dignidad.

La venganza

Dice la escritora en el epílogo que su error fue ver a los participantes como víctimas. Por qué soportar todo esto, de dónde saca uno las fuerzas para sacrificar su futuro, tal vez en balde. Algunos testimonian que no tenían miedo, “podíamos morir, pero también podía ocurrir que sobreviviéramos. Seríamos derrotados, pero también podía pasar que resistiéramos”. Se sintieron parte de un todo, y optaron por no quedarse con la conciencia limpia.

El libro responde también a otro tipo de cuestionamientos, como la censura, ¿cómo afrentarla y darle la vuelta? Demostrándola, haciéndola notoria a tavés de un silencio activo. No podemos decirlo todo, pero sí mostrar ese afán meritorio.

Y lo fácil para muchos sería olvidar, pero hasta qué punto, porque controlar el río de los recuerdos también es algo sumamente complicado. Soltar lo ocurrido, dejar las cosas de lado, cerrar los ojos, pasar la página. Pero si nunca fue la intención sobrevivir, a lo mejor lo más valiente es preservar la memoria, incomodar y salvar lo insalvable, ponerle diques al afluente, hacer un esfuerzo por recuperar el lago antes de que se deseque por completo.

“¿Cuál es la esencia del ser humano? ¿Qué tiene que hacer el ser humano para no ser otra cosa?”

Todavía no lo sé, seguimos en eso, por lo pronto me despido, se está haciendo tarde, no hay que irse por lo oscurito, vayamos en cambio al lugar donde se abren las flores.