Hay partidos que duran 90 minutos y hay partidos que tardan 40 años en volver a jugarse. El de México contra Inglaterra pertenece a esa segunda categoría.
Para muchos jóvenes será simplemente un encuentro de octavos de final. Para quienes crecimos escuchando las historias del Mundial de 1986, representa mucho más.
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El regreso a unos octavos históricos después de 40 años
Han pasado cuatro décadas desde aquella ocasión en que México logró instalarse en esta instancia como anfitrión, y durante todo ese tiempo generaciones enteras aprendimos a convivir con una mezcla de esperanza y resignación.
Siempre llegaba el Mundial con la misma ilusión y, casi siempre, con el mismo desenlace.
Hoy el escenario es distinto. No porque México sea favorito, ni porque el rival sea sencillo. Todo lo contrario.
Inglaterra es una potencia futbolística y el desafío es enorme. Lo diferente es que esta Selección volvió a darle al país algo que parecía perdido: la posibilidad de creer sin sentir vergüenza por hacerlo.
El fútbol como el gran unificador de México
Vivimos tiempos complicados, acelerados y, muchas veces, divididos. Basta abrir las redes sociales para encontrar discusiones interminables sobre política, economía o seguridad. Pareciera que cada tema sirve para separarnos un poco más. Sin embargo, cuando juega la Selección ocurre algo extraordinario.
Durante unas horas dejamos de lado muchas diferencias para compartir una misma emoción. No importa si alguien vive en el norte, en el centro o en el Caribe mexicano; por un momento todos estamos pendientes del mismo balón.
En Quintana Roo esa sensación también se respira de manera especial. Cancún, Playa del Carmen, Chetumal, Cozumel o Tulum son lugares acostumbrados a recibir visitantes de todas partes del mundo, pero cuando juega México ocurre algo curioso: turistas y trabajadores, empresarios y meseros, taxistas y prestadores de servicios terminan mirando la misma pantalla.
El fútbol consigue algo que pocas cosas logran: detener por un instante el ritmo cotidiano y regalarnos una conversación común.
Esa capacidad de unir merece disfrutarse, pero también merece cuidarse.
Pasión con responsabilidad: Lecciones que no debemos olvidar
Porque la pasión, cuando pierde el sentido, puede convertirse en imprudencia. Ya hemos visto escenas lamentables en otros momentos de euforia deportiva. En la Ciudad de México, incluso antes de este partido, cuatro personas perdieron la vida durante festejos masivos al ser aplastadas entre la multitud.
Es una tragedia que debería hacernos reflexionar. Ningún gol, ninguna clasificación y ninguna victoria justifican poner en riesgo una vida.
Celebrar no significa perder la responsabilidad. Al contrario. Las mejores celebraciones son aquellas en las que todos regresan a casa con una sonrisa y un buen recuerdo. El fútbol nació para reunir familias, amigos y ciudades, no para provocar dolor o desgracias que después lamentemos.
Por eso creo que este partido merece vivirse con intensidad, pero también con inteligencia. Que gritemos los goles, que llenemos los Fut Fest en Quintana Roo, los restaurantes, las plazas y las casas de camisetas verdes, que abracemos a quien tengamos al lado si llega una alegría.
Pero que lo hagamos con respeto por los demás y con la conciencia de que la emoción nunca debe superar al sentido común.
El verdadero triunfo de la Selección Nacional
Pase lo que pase frente a Inglaterra, este equipo ya consiguió algo importante. Después de 40 años volvió a colocar a México en un escenario que muchos pensaban inalcanzable. Volvió a despertar conversaciones entre abuelos, padres e hijos. Volvió a hacer que miles de niños vean a la Selección con admiración y no con indiferencia.
Ojalá gane México. Pero, gane o pierda, que nunca perdamos la capacidad de emocionarnos, de reunirnos y de recordar que, cuando un país aprende a celebrar con alegría y responsabilidad, siempre habrá un nuevo mundial para volver a creer.


