Como cualquier niño promedio mexicano yo crecí viendo futbol. Soñaba con ser Jorge Campos y volverme profesional. El sueño no duró mucho pero todavía paso gran parte de mi tiempo libre viéndolo; y me encanta. No sólo por el deporte en sí, sino por todo lo que lo rodea: el color, la pasión, las narrativas, los códigos, la geografía. En realidad, como a muchos, más que el futbol me gusta la antropología del futbol.
Conozco prácticamente todos los estadios de la Primera División mexicana, he alentado con la barra de Newell’s, fui a ver un par de partidos del Napoli, alguna vez asistí a un partido de local del Palestino y he conocido por dentro y por fuera un sinfín de canchas de Europa Oriental. Sobre todas estas experiencias he escrito un montón. No lo digo por presumir, lo digo para enfatizar mi punto: me encanta el futbol. Diría Valdano “el futbol es lo más importante de lo menos importante”.
Sin embargo, como muchos de mis amigos, desde hace varios años estoy desencantado. El futbol moderno está matando aquello que hace bello a este deporte: su carácter popular. Durante años he seguido los juegos del Atlas y no precisamente porque la calidad del juego sea espectacular, sino porque forma parte de mi identidad. Los amantes del futbol no vemos los partidos porque el nivel sea elevadísimo, sino por muchas otras razones.
La ‘modernización del deporte’ al estilo estadounidense ha derivado en formatos que fomentan la medianía, sin descensos, con play-ins y torneos de 48 equipos, tanto en certámenes locales como en los de élite internacional. Por todos lados se construyen nuevos estadios sin alma que más bien parecen centros comerciales. El deporte es cada vez más una vitrina de niños multimillonarios anunciando peinados y zapatos. Los cronistas cada vez hablan menos del deporte y más de chismes y polémicas baratas. Las tribunas del mundo cada vez tienen menos color y el awante se está institucionalizando. Las butacas numeradas están ocupadas por gente bien e influencers que no tienen idea de lo que es amar a un equipo. La violencia, lejos de desaparecer, se maquilla. Hace unos días mataron en Veracruz a un aficionado del Celaya. En Europa también pasa, a Ciro Esposito lo mató un ultra de la Roma hace más de 10 años. Esta violencia no es por el futbol, sino un reflejo de una sociedad en descomposición.
Si están matando al futbol, si el espectáculo es cada vez más malo y la tribuna cada vez más elitista. ¿Qué hacemos viéndolo? Hay muchos deportes que son terreno fértil para nuevas emociones. El problema es que la sociedad mexicana es muy conservadora y orgullosa. Le teme a lo desconocido. No se necesita gran cosa para jugar basket o voley. Incluso el tenis, que es visto por muchos como un deporte para ricos, podría no serlo. En países que no son de primer mundo como Grecia, Serbia o Argentina está plagado de canchas de tenis gratuitas, yo conozco unas en Iztapalapa. ¿Por qué no probamos jugar más tenis? ¿Por qué nos da miedo hacer cosas nuevas?

