Aún falta para las elecciones de 2027. Para algunos, una eternidad; para otros, el tiempo justo para comenzar a acomodar piezas.

Lo que es un hecho, es que la política ya comenzó a moverse con esa mezcla de prudencia calculada o ambición contenida, en algunos casos.

No hay candidaturas definidas, no hay nombres oficiales, no hay campañas formales. Pero sí hay señales. Y esas señales, para quien quiera verlas, son el verdadero mensaje político del momento.

En Quintana Roo, hoy por hoy, Morena, el PT y el Partido Verde parecen concentrados en mantener cohesión mientras esperan los tiempos legales. No hay definiciones públicas, es cierto, pero tampoco hay rompimientos. 

Se percibe disciplina, negociación interna, unidad, acuerdos que todavía se cocinan con paciencia. 

Saben que anticiparse puede fracturar; saben que el desgaste prematuro debilita.

Del otro lado, el PAN, el PRI y MC enfrentan un escenario distinto. No se trata solamente de esperar tiempos, sino de construir perfiles competitivos. Y ahí es donde asoma la dificultad. No abundan las figuras consolidadas, ni los liderazgos.

Pero hay algo que sí parece perfilarse con preocupante claridad: el uso de la inteligencia artificial (IA) en el proceso electoral. Y no precisamente para informar mejor o fortalecer el debate público. No. Todo indica que veremos su lado más oscuro, más manipulador, más engañoso.

A poco más de un año de las elecciones, lo que podemos anticipar no son propuestas brillantes ni debates profundos. Lo que podemos esperar, es una avalancha de contenidos falsos.

Videos “deepfake” donde un candidato aparezca diciendo algo que jamás pronunció. 

Audios con llamadas automatizadas, fabricadas con voz sintética, pidiendo el voto… o peor aún, pidiendo no acudir a las urnas. 

Clips alterados que simulen discursos radicales o declaraciones incendiarias de las y los contendientes. Imágenes donde un aspirante “respalde” mágicamente a su adversario. 

Escenas ridículas, vergonzosas, cuidadosamente diseñadas para destruir reputaciones en segundos.

Imagínese usted recibir por WhatsApp un audio donde supuestamente un candidato o candidata anuncia que recortará apoyos sociales.

O un video donde parezca minimizar la seguridad. 

O una encuesta con apariencia técnica, llena de gráficas sofisticadas, que en realidad fue generada por un algoritmo para manipular percepciones.

Será un escenario donde la conversación política circulará con enorme rapidez en redes y grupos privados. El terreno es fértil para ese tipo de estrategias sucias. 

Aquí los rumores corren como pólvora. Aquí una imagen falsa puede incendiar la opinión pública en cuestión de horas.

No sería extraño ver deepfakes difundidos justo antes del cierre de campaña, cuando ya no haya tiempo para desmentir.

Tampoco sería raro que aparezcan campañas de desprestigio con supuestas carpetas de investigación en la Fiscalia Estatal o incluso en la Fiscalía General de la República.

Todo esto no es fantasía alarmista. Es una posibilidad real en un entorno digital donde la tecnología avanza más rápido que la regulación y donde la ética suele quedarse atrás.

Por eso hoy, cuando aún faltan muchos meses para que arranquen formalmente las campañas, mi llamado es simple y directo: tengamos cuidado. 

Seamos prudentes. No compartamos de inmediato lo que nos indigna. Verifiquemos. Dudemos. Preguntemos.

Las elecciones no se ganan sólo con votos; también se influyen con percepciones. Y en esta nueva etapa, la batalla será por nuestra mente, por nuestra confianza, por nuestra capacidad de distinguir lo verdadero de lo fabricado.

Falta para el 2027. Los partidos aún no definen candidatos. Las alianzas siguen en ajuste. Pero la guerra digital, silenciosa y sofisticada, puede empezar en cualquier momento.

Y la mejor defensa, será una ciudadanía informada, crítica y atenta. 

Porque en tiempos de inteligencia artificial mal utilizada, el sentido común será más valioso que nunca.