Y que no se pudo

Dice mi tío que él, como Rosa Beltrán es de la idea que desde la poesía o la escritura, puede arreglarlo todo. Yo, aunque no del todo seguro, me declaro convencido. Es en cierto modo lo que intento al comenzar este texto, y tantos otros.

Estamos en plena Época de Cáncer y con el final del mes pasado, mi suegra nos abandonó en este plano. Qué afortunado dirían unos, y qué desgraciado por plasmar esto, los otros. Tienen toda la razón. Yo no sé qué es lo que en verdad siento, sólo que la extraño y espero que ahora esté descansando.

Un día se me ocurrió escribirle una carta, que cuando compartí con su hija me di cuenta era casi un completo desperdicio. Y es que desde que ingresó al hospital, por cosa más de un mes, mi mujer le escribió cada día para que no se perdiera de ningún detalle de todo cuanto ocurría durante su ausencia. Cosas así me hacen constatar lo afortunado que soy de haberla encontrado.

Ella sabe que no es lo más sano aferrarse a un fantasma y que por salud, pronto abandonará esa costumbre, sino es que ya lo hizo y no me lo dijo. ¿Alguien por ahí tiene el contacto de una buena vidente?

El cine como refugio ante la pérdida

En pleno trance estaba cuando me enteré que mi director favorito, y tocayo de mi hijo ¿coincidencia?, presentó un nuevo producto de su autoría, en la Cineteca Nacional. Al final de la función, cuando se le cedió la voz al público, un bróder lo increpó con más que una pregunta, una serie de incoherencias.

"O le quitan el micrófono o se lo quito yo", dijo el realizador de Club Sándwich en aquel momento para ponerle un límite a la penosa situación. Yo una vez le dije a quien considero uno de mis ídolos que sentía que su película nunca había terminado de arrancar, y lejos de tomárselo a mal, él respondió compartiendo un gran detalle de la implicación de cierto actor a raíz de mi observación. En otra ocasión, me cuatrapeé con su nombre y aún así fue muy amable respondiendo al saludo. Así que me imagino que lo que hizo este cuate sí que habría sido muy inadecuado para que aquél perdiese los estribos. Pura especulación, porque nomás no estuve presente en ese momento...

Moscas

Volví a ir al cine solo para ver lo que algunos aseguran es ya un nuevo clásico del cine mexicano. No sé si es para tanto, pero lo que sí puedo afirmar es que lloré y lloré a cada rato. Es muy duro tener un familiar enfermo, pero si se tiene a un niño en la ecuación, al menos contamos con un guía para llegar con bien al otro lado. Antes lo sabíamos todo y poco a poco se nos va olvidando.

Los hospitales no dejan entrar a menores a las habitaciones, pero siempre vale la pena hacer el esfuerzo por romper ciertas reglas. Aunque arriesguemos el pellejo, como el personaje de Enrique Arreola, que ahora sí que no fue un mero aporte anecdótico.

Le mandé un mensaje a Fernando Eimbcke por Instagram, agradeciéndole por esta nueva entrega, que estoy seguro no leerá porque mi cuenta no tiene foto de perfil y parece falsa. La suya resulta que tampoco tiene. Mi mejor amigo también toma fotos en blanco y negro y creo que a la fecha no ha visto Temporada de patos. Espero que algún día compartamos su magia, y si no, tengo a otros dos en la mira que no se salvarán de ello.

Jorge, el mayor de mis futuras víctimas, sí que se pudo despedir de su abuela. Es plenamente consciente del amor que le profesaba y espera por su reencuentro en algún otro momento. Yo también, y si me pasa, igual y les cuento.